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Poesia cubana / Felix Luis Viera


Félix Luis Viera (Cuba 1945) ha pubblicato diversi libri di poesia, tra i quali ricordiamo Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de la Uneac 1976), Prefiero los que cantan (1988), Cada día muero 24 horas (1990), Y me han dolido los cuchillos (1991), Poemas de amor y de olvido (1994), La que fue (2008) e La patria es una naranja (2010, edizione italiana Il Foglio, 2011, Premio Latina in Versi). È autore anche di racconti e romanzi. Versi e prose che proponiamo provengono da un’auto-antologia in via di pubblicazione, Sin ton ni son, nelle traduzioni inedite di Gordiano Lupi.








LEY


A mi limonero lo he visto crecer

orgulloso en el traspatio anémico.

Esplendorosamente verde mi limonero

enciende la ventana como un desafío.

Trabajo me costó la semilla

germinando,

el cuido contra el viento y las hormigas.

Y encima de todo paciencia.

Y encima de todo esperanza.


Pero ahora es una justa realidad

para los ojos y el olfato.


Con todo esto no quiero insinuar,

hijos de perra,

mi tremendo dolor llegado el caso,

pues sepan que si me rompen ese árbol,

ahora mismo en este instante

miles de manos andan sembrando miles

de limoneros.


Eso me reconforta,

me despreocupa por completo.


Noviembre de 1971


*


LEGGE


Ho visto crescere il mio limone

orgoglioso nel cortile anemico.

Splendidamente verde il mio limone

illumina la finestra come una sfida.

Fatica mi costò il seme

germogliando,

la cura contro il vento e le formiche.

E soprattutto pazienza.

E soprattutto speranza.


Ma adesso è una giusta realtà

per gli occhi e l’olfatto.


Con tutto questo non voglio alludere,

figli di cagna,

al mio tremendo dolore se dovesse accadere,

sappiate che se mi abbattete quell’albero,

proprio adesso, in questo istante,

migliaia di mani semiranno migliaia

di limoni.


Tutto ciò mi conforta,

mi toglie ogni preoccupazione.


Novembre 1971


*


LOS BUENOS MUERTOS


Los buenos muertos tienen agua clara

y con ella a cada rato nos riegan las mejores

ansias

No mueren de soledad los buenos muertos, llegan

olorosos, recién bañados, llegan

como si siempre estuvieran estrenándose

No mueren de soledad ni descansan en paz

los buenos muertos

sino que viven en paz con nosotros, tocan

nuestras manos

y dejan un chorrito de la magia conseguida

en esta otra vida

que por acá vivieron

Sencillos como un buen poema son los buenos

muertos

llamando intensa y cortésmente en nuestros

palpitares,

iluminando nuestros ojos, descubriendo

nuestros oídos,

ayudándonos a subir la luz arriba, cada vez más

arriba.


Septiembre de 1980


*


I BUONI MORTI


I buoni morti possiedono acqua limpida

e con quella a ogni passo ci spargono le migliori

ansie.

Non muoiono di solitudine i buoni morti, arrivano

profumati, appena lavati, arrivano

come se sempre stessero per esibirsi.

Non muoiono di solitudine né riposano in pace

i buoni morti.

ma vivono in pace con noi, toccano

le nostre mani

e lasciano cadere un rivolo della magia ottenuta

in quest’altra vita

che qui vissero.

Semplici come una buona poesia sono i buoni

morti

gridano veementi ma cortesi nel nostro

palpitare,

illuminano i nostri occhi, scoprono

i nostri orecchi,

ci aiutano a far salire la luce in alto, ogni volta più

in alto.


Settembre 1980


*


PREFIERO LOS QUE CANTAN


Prefiero los que cantan día a día

Los que amanecen cantando sus canciones

Los que cantan encuentran los caminos

No anublan el ocaso los que cantan


Prefiero los que cantan en la noche

en la tarde en el invierno los que cantan

los que cantan se niegan a morirse

No rompen los colores los que cantan


Prefiero los que cantan en el mar

en el cielo en la madrugada los que cantan

los que cantan no acrecen los rincones

no enlluvian el paisaje los que cantan


Prefiero los que cantan en verano

en otoño en primavera los que cantan

Los que cantan no secan los remansos

no enturbian los recuerdos los que cantan


Prefiero digo los que con sus manos cantan

de una punta a otra del arco de sus vidas

y cantando se van con su cantar

y continúan cantando para siempre.


Diciembre de 1979


*


PREFERISCO QUELLI CHE CANTANO


Preferisco quelli che cantano giorno dopo giorno

Quelli che si svegliano cantando le loro canzoni

Quelli che cantano incontrano le strade

Non oscurano il tramonto quelli che cantano.


Preferisco quelli che cantano nella notte

nella sera nell’inverno quelli che cantano

quelli che cantano rifiutano di morire

Non distruggono i colori quelli che cantano.


Preferisco quelli che cantano nel mare

nel cielo nell’alba quelli che cantano

quelli che cantano non popolano gli anfratti

non inondano il paesaggio quelli che cantano.


Preferisco quelli che cantano in estate

in autunno in primavera quelli che cantano

Quelli che cantano non prosciugano le oasi

non turbano i ricordi quelli che cantano.


Preferisco proprio quelli che con le loro mani cantano

da un punto all’altro dell’arco delle loro vite

e cantando se ne vanno con il loro cantare

e continuano a cantare per sempre.


Dicembre 1979


*


ROSHITA GUETHER


Ahora son las seis de la tarde en Duisburgo y Roshita Güther mira desde su ventana a varios niños que juegan en la plaza. Casi está oscureciendo y por eso, lamentablemente, sus ojos azuloscuros no pueden exhibir todo su brillo. Ella está sola en la tarde de otoño y sus pies pequeños calientan unas pantuflas lilas y sus senos están quemando el sostén. Ella está sola y mira cómo juegan los niños en la plaza. Y quizá no lleve sostén y sus senos estén quemando la bata de casa. La bata de casa arde mientras Roshita Güther mira a la plaza y siente un parpadeo en el boquete de su sexo. La bata de casa es también lila y la tetera pita anunciando que el té ya se halla listo. Es un otoño muy frío y por tanto hay un frío intenso ahora en el crepúsculo. Del techo pende una lámpara de luz fría pero Roshita Güther advierte que la luz va enrojeciendo; enrojeciendo como ese calor que enrojece las entradas de su vagina, y el rojo punzó se le abre hasta el pecho como un estilete que fuera tasajeando en su entreseno. Roshita Güther está sola y los pies le arden; incendian la alfombra. Ella piensa que no debería estar sola. Ni su alma. Ni sus nalgas. Ni sus senos. Solos. Pero Roshita Güther está sola de nuevo en este atardecer tan frío de otoño. Y mira hacia la pequeña plaza donde juegan los niños. Hacia la pequeña plaza donde estaban jugando los niños.

Y comienza a llorar.


México, DF, septiembre de 1998


*


ROSHITA GUETHER


Adesso sono le sei di sera a Duisburg e Roshita Güther guarda dalla sua finestra alcuni bambini che giocano nella piazza. Sta quasi imbrunendo e per questo, purtroppo, i suoi occhi di colore azzurro scuro non possono mostrare tutto il loro splendore. Lei è sola nella sera autunnale, i suoi piccoli piedi riscaldano un paio di pantofole lilla e i suoi seni stanno facendo ardere il reggipetto. Lei è sola e osserva come giocano i bambini nella piazza. E forse non porta il reggipetto e i suoi seni stiano facendo ardere la vestaglia. La vestaglia arde mentre Roshita Güther osserva la piazza e sente un lampo nell’apertura del suo sesso. Anche la vestaglia è lilla e il bollitore fischia annunciando che il tè è già pronto. È un autunno molto freddo e pertanto adesso c’è un freddo intenso nel crepuscolo. Dal soffitto pende una lampada dalla luce fredda ma Roshita Güther si rende conto che la luce si sta arrossando; arrossando come quel calore che arrossa l’ingresso della sua vagina, e il rosso punzone si fa largo fino al petto come uno stiletto che si metta a tagliare all’interno del suo seno. Roshita Güther è sola e i piedi le bruciano; incendiano il tappeto. Lei pensa che non dovrebbe essere sola. Né la sua anima. Né le sue natiche. Né i suoi seni. Soli. Ma Roshita Güther è di nuovo sola in questo crepuscolo autunnale così freddo. E guarda verso la piccola piazza dove giocano i bambini. Verso la piccola piazza dove stavano giocando i bambini.

E comincia a piangere.


Messico, DF, settembre 1998


*


LUCIA ARAYA

Cuando Lucía Araya atraviesa la Plaza Central de la ciudad de Cartago, los pájaros se sacan el plumaje y los niños vuelan hasta edades adultas para poder apreciar el caminar de Lucía Araya.

Lucía Araya es liviana en su andar: ¿quién podría creer que la solidez de sus carnes pudiesen acompañarla mediante su andar más bien etéreo? Ver pasar por la Plaza Central a Lucía Araya significa sufrir inmensa, amargamente, en caso de que uno sea un hombre y no sea el hombre de Lucía Araya. Vista desde la avenida, al fondo de la Plaza está la Catedral y la tarde es radiante y Lucía Araya camina hacia la Catedral, de modo que hacia acá quedan sus nalgas que se van moviendo con un no se sabe qué de ígnea ternura; es de hombres llorar viendo las nalgas de Lucía Araya cómo andan hacia la Catedral partiendo la Plaza. Dios mío. Cómo será posible seguir en esta vida sin haber visto alguna vez en carne viva las nalgas de Lucía Araya.

En el atardecer de primavera el aire de la ciudad de Cartago es aún más transparente y Lucía Araya regresa hacia la avenida con la Catedral de fondo. Su piel tan blanca entibia la tarde y su cabellera oscura se va moviendo como alertando de estallidos que se acercan.

Cerca ya de la lente, en primer plano casi, el olor de Lucía Araya es el mensaje de esos naranjos que inmortalizan a los atardeceres y sus senos hablan de memoria de constelaciones remotas.

Cuando sus nalgas al fin arriban a la acera, automóviles y transeúntes sienten que algo inexplicable trastoca el ritmo de los neumáticos y las rodillas.

Lucía Araya al fin atraviesa la avenida y todos los varones de Centroamérica, excepto el varón de Lucía Araya, comienzan a llorar.


México, DF, septiembre de 1998


*


LUCIA ARAYA

Quando Lucía Araya attraversa la Piazza Centrale della città di Cartagine, gli uccelli esibiscono le piume e i bambini volano verso l’età adulta per poter apprezzare le movenze di Lucía Araya.

Lucía Araya è lieve nel suo incedere: chi potrebbe credere che la solidità delle sue carni possa accompagnarla con il suo passeggiare così etereo? Veder passare Lucía Araya per la Piazza Centrale significa soffrire immensamente, amaramente, nel caso in cui uno sia un uomo e non sia l’uomo di Lucía Araya. Vista dall’avenida, in fondo alla Piazza c’è la Cattedrale che la sera è radiosa e Lucía Araya procede verso la Cattedrale, in modo tale che da questa parte restano le sue natiche che si muovono con indicibile focosa tenerezza; è da uomini piangere vedendo le natiche di Lucía Araya come incedono verso la Cattedrale fendendo la Piazza. Dio mio. Come sarà possibile continuare a vivere senza aver visto almeno una volta in carne viva le natiche di Lucía Araya.

Nel crepuscolo di primavera l’aria della città di Cartagine è ancora più trasparente e Lucía Araya fa ritorno verso il viale con la Cattedrale sullo sfondo. La sua pelle così bianca riscalda la sera e la sua chioma scura si muove come per annunciare deflagrazioni che si avvicinano.

Vicina ormai alla lente, quasi in primo piano, l’odore di Lucía Araya è il messaggio di quegli aranci che immortalano i crepuscoli e i suoi seni parlano a memoria di costellazioni remote.

Quando le sue natiche finalmente raggiungono il marciapiede, automobili e passanti sentono che qualcosa di inspiegabile sconvolge il ritmo degli pneumatici e dei ginocchi.

Lucía Araya finalmente attraversa il viale e tutti i maschi del Centroamerica, eccetto il maschio di Lucía Araya, cominciano a piangere.


Messico, DF, settembre 1998

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